Angélica y la judía

Martina Leibovici Mühlberger, nuestra editora en el mes de febrero, comparte con nosotros la siguiente pregunta: ¿Es posible que el pensamiento creativo de cada niño esté conectado con principios éticos?

Puede que solo sea un pequeño e insignificante detalle del plan de estudios de primaria. Sin embargo, quiero compartirlo con vosotros porque, a veces, algunos detalles aparentemente sin importancia nos ofrecen ciertas perspectivas. Este año, mi hija pequeña ha empezado el primer curso de primaria. Uno de los primeros temas del plan de estudios se titulaba «Del campo a la mesa» y su objetivo era intentar hacer partícipes a los niños del proceso que siguen las frutas, verduras y otros productos del campo o del huerto desde que se cultivan en la tierra hasta que llegan a sus casas. Este tema incluía excursiones a granjas cercanas, charlas sobre las diferentes etapas del cultivo y la posterior cosecha, investigaciones en tiendas de alimentación y un mercado de verduras local y también cocinar la comida en clase. Durante uno de los pasos de la investigación, a cada niño se le daba una judía para que pudiera experimentar personalmente el proceso de plantarla, cuidarla y verla crecer.

Hubo un gran entusiasmo y en la clase se generó una gran expectación cuando, por fin, las 22 macetitas se llenaron de tierra y comenzaron las discusiones sobre cómo colocar cada judía del mejor modo en la tierra. Las macetas se alinearon en una balda cerca de las ventanas y se dejaron al cuidado personal de cada niño.

Pasaron un par de días hasta que los primeros brotecitos se hicieron visibles, uno tras otro. Los niños controlaron con ilusión el proceso de crecimiento de los tallos de judías que llevaban sus nombres o pequeños símbolos. 

Como sabemos, en la naturaleza existe un cierto margen de desarrollo dentro de una misma especie, que en el «mundo de los tallos de judías» se manifiesta mediante diferentes velocidades de crecimiento y un número variable de hojas o flores, que implicarán que el aspecto de las plantas sea mejor o peor. Embriagada por el espíritu de las ciencias naturales según me habían enseñado, mi hija y yo desarrollamos un ritual matutino. Cada mañana, cuando la llevaba a clase, pasábamos un par de minutos juntas admirando la planta y comentando su progreso. Por casualidad, la judía de mi hija creció con una impresionante rapidez y presentaba un desarrollo de lo más espléndido. Guiada por mi modo de ver el mundo, newtoniano y mecanicista, un día pensé que si conducía el diálogo con mi hija acerca del espléndido florecimiento de su planta hacia los factores que lo motivaban, tendría una buena ocasión para conseguir que pensara de forma reflexiva y asociativa. «Bueno, Angelina —le dije a mi hija de cinco años— ¿por qué crees que tu tallo está creciendo así de bien?». Estaba preparada y esperaba alguna respuesta que me demostrara su capacidad de relacionar causa-efecto, como: «Pues la regué más que los demás niños..., está más cerca de la luz de la ventana...., le da más calor de la estufa que tiene cerca..., la planté en el mejor lugar de la maceta.... o... mi judía era un poco más grande desde el principio...». Con cualquiera de estas respuestas me habría sentido satisfecha, permitiéndome adoptar una postura relajada con respecto al desarrollo cognitivo de mi hija.

Sin embargo, mi hija pequeña me respondió de forma completamente diferente, dándome una lección sobre la estrechez de miras de mi concepción del mundo. Miró detenidamente todas las plantas alineadas en sus macetitas y finalmente me contestó con una profunda convicción: «Mami, es el AMOR el que hace que las plantas crezcan mejor. ¡Y yo quiero mucho a mi planta! Pienso mucho en ella y la quiero. Mira esa planta». Y precisamente para respaldar su teoría, señaló una mucho menos desarrollada. «Esa es la planta de Daniel. Se le olvida regarla y ponerla al sol. Y nunca se para a mirarla. Ya le he dicho que la tiene que querer más». De algún modo, me conmovió mucho aquella explicación creativa y acientífica. Y de algún modo llegué a la conclusión de que, en los niños pequeños, el proceso creativo en sí mismo, la habilidad —en aquel caso particular— de reajustar los hechos de una situación para encontrar una explicación inusual, debe de estar de alguna forma interconectada a un concepto ético básico y fundamental de concienciación, así como al profundo conocimiento de que el AMOR es la fuente de todos los procesos positivos.

Logo de Fundación Botín