Hacer algo increiblemente bello

Segundo artículo de David, esta vez sobre la figura de Steve Jobs

No cabe duda de que hoy en día, las artes y las humanidades tienen un problema considerable de reputación, a pesar de que las investigaciones al respecto demuestran que los alumnos que reciben una educación rica en artes tienen mejor rendimiento en las asignaturas troncales. A principios de noviembre, Mitt Romney, uno de los principales candidatos del Partido Republicano a la presidencia de los Estados Unidos para las próximas elecciones, anunció que si llegara a la Presidencia el año próximo, abolirá el Fondo Nacional para las Artes (NEA) y el Fondo Nacional para las Humanidades (NEH). «Son cosas bonitas —declaró—, pero no estoy dispuesto a destinar mil millones de dólares a algo que no necesitamos». Esta noticia se propagó hasta Europa, donde varios políticos apoyaron medidas similares a este lado del Atlántico.

Romney hace una distinción entre aquellas cosas que son útiles y las que son inútiles, entre aquellas cosas que necesitamos imprescindiblemente y las que no nos hacen falta. Cabe puntualizar que no es que Romney crea que las asignaturas artísticas y humanísticas carecen de valor;  lo que cree es que las actividades de este tipo son un lujo para una sociedad moderna, un tiempo de estudio que solo pueden permitirse personas con dinero. Y como consecuencia de ello, la sociedad no puede responsabilizarse de enseñar estas actividades en las escuelas. De este modo, la literatura, el arte dramático y la música quedan relegadas al mismo nivel que comprarse una casa de vacaciones de lujo, un Mercedes o un vestido de algún diseñador.

Quizás Romney sea más radical que la mayoría de los políticos, pero la lógica de sus argumentos está bien arraigada en Europa. A los universitarios les asusta la idea de estudiar Historia o Filosofía, y acaban eligiendo carreras como Economía o Informática convencidos de que les resultará más fácil encontrar trabajo en el futuro. La financiación de la investigación refleja sus miedos: se exige que la investigación humanística esté basada en principios científicos.

La biografía de Steve Jobs es, en este momento, un éxito de ventas en todo el mundo; se nos ha informado del éxito de Apple y de todos los avances tecnológicos que la compañía ha desarrollado. Sin embargo, los factores humanísticos de ese éxito rara vez se mencionan, por no decir nunca. La relación entre Steve Jobs y la estética de la tecnología se ha ignorado por completo, a pesar de ser esa relación la que consiguió convertir a Apple en algo distinto a Microsoft. El pionero Jobs (1955-2011) afirmaba continuamente que había conseguido «acercar el punto de vista de las artes liberales al uso de los ordenadores». A modo de aclaración, en el mundo angloparlante, el término «artes liberales» supone un amplio plan de estudios en el instituto o en la universidad, poniendo un cierto énfasis en las humanidades y las artes. Se suele considerar que estas asignaturas resultan irrelevantes para nuestra vida profesional, sin embargo, muchos estudiantes y ejecutivos tienen una opinión distinta al respecto.

En cierta ocasión, Jobs dijo: «Cuando era joven, me veía a mí mismo como un chico orientado hacia la rama humanística, pero me gustaba la electrónica, así que estuve leyendo sobre algunos de mis ídolos, como Edwin Land, de Polaroid, que siempre señalaba lo importante que era en nuestros días y en nuestra época situarse a medio camino entre las humanidades y las ciencias. Y eso es exactamente lo que decidí hacer». Jobs estudió solo un trimestre en una facultad de artes liberales. Aún así, sería precisamente un curso al que asistió en el Reed College el que le dejaría marcado y daría forma a su futuro: un curso de caligrafía. El objetivo del nuevo ordenador Macintosh no era solo que resultara fácil de usar, era además «ofrecer a la gente unas letras y una tipografía bonitas, sino también gráficos para que pudieran ver fotografías, obras de arte, etc... para ayudarles a comunicarse. Nuestro objetivo, —anunció—, es dar una perspectiva propia de las artes liberales y un público de artes liberales a algo que tradicionalmente ha sido una tecnología de empollones y para un público muy empollón».

Steve Jobs consideraba la belleza como el valor primordial. En 1986, le dijo a su hermana que «haría algo de una loca belleza». Y lo hizo. A día de hoy se exponen 25 productos de Apple en el MoMA de Nueva York. Walter Isaacson, escritor de la biografía de Jobs, cree que la genialidad de Jobs residía en contar con un nivel de consciencia estético y creativo. El lema de Jobs era «buen gusto». Y esto era justo lo que necesitaba para crear productos que parecieran obras de arte y con los que fuera capaz de crear sensaciones placenteras a quienes los usaran. El buen gusto solo puede cultivarse creando lo mejor que la humanidad ha ideado y a continuación, en un contexto profesional, intentando integrarlo en un proyecto propio.

De esta forma, las perspectivas humanísticas pueden influir decisivamente en proyectos altamente tecnológicos. Hemos conocido a Jobs como un líder muy estricto e intransigente que obligaba a sus técnicos a trabajar sin descanso hasta satisfacer sus demandas estéticas. La creatividad y las soluciones innovadoras son nuestro futuro en una economía global altamente competitiva. En el mundo de Romney no hay sitio para la caligrafía, como tampoco lo hay para la música ni las geniales obras maestras de la literatura en las escuelas o universidades. No hay sitio para lo mejor que la humanidad ha sabido traer al mundo. El buen gusto o el sentido de la estética no tienen cabida, solo hay sitio para la racionalidad.

Quizás algún día podamos crear «cosas de una loca belleza», pero solo si en nuestras escuelas y universidades se permite igualar la ciencia a las humanidades y a las artes. En una educación pública, controlada por el Estado, esto no está en las manos de padres o profesores, sino en las de nuestros políticos.

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