La sonrisa etrusca y la educadora de museo que fue a «antaño»

Otro texto de Ana Angélica Albano, en esta ocasión sobre la obra de José Luis Sampedro

Un viejo campesino calabrés, sentado ante un sarcófago etrusco que se exponía en una sala vacía del museo romano de Villa Giulia, despierta la atención del guarda: «¿Qué verá en esa estatua?», se pregunta. Y como no comprende lo qué está ocurriendo, no se atreve a retirarse por si de repente ocurriera algo, ahí, esa mañana que comenzó como todas y que terminaría de un modo tan distinto. Pero tampoco se atrevía a entrar, retenido por un inexplicable respeto. Y continuaba en la puerta mirando al viejo que, ajeno a su presencia, concentraba su mirada en el sepulcro, sobre cuya tapa se reclinaba la pareja. [i]

Así comienza la novela de José Luis Sampedro, La sonrisa etrusca: con una descripción de este momento de contemplación silenciosa. Posteriormente, a lo largo de la narrativa nos irá revelando el impacto provocado por esta escena que permite al anciano reflexionar sobre la vida y cómo afrontar su propia muerte: «—Los etruscos reían, te lo digo yo. Gozaban hasta encima de su tumba, ¿no te diste cuenta?... ¡Vaya gente!»[ii].  

Cuando nos hallamos ante una obra de arte, podemos observarnos a nosotros mismos al tiempo que contemplamos la imagen que se expone ante nosotros. Emocionados por la obra de arte, resuena en nuestro interior el eco de la misma verdad que llevó al artista a crearla.

Guardo un vívido recuerdo de la primera vez que fui al Museo de Arte de São Paulo (MASP). Yo era muy joven y aquella era la primera vez que visitaba un museo: mi primer contacto directo con obras de arte, que hasta entonces solo había visto en los libros. No es fácil describir hasta qué punto me impresionaron. Recuerdo en especial la obra de Degás y cómo me conmovió una de sus esculturas: la fragilidad de la tela de la bailarina contrastando con la dureza del bronce. Lo eterno e imperecedero conviviendo con la inmovilidad de la estatua, como contrapunto al movimiento de las bailarinas en los lienzos. Algo más allá, en otro lienzo se presentaba a una mujer justo al salir del baño… ¡y todo ello en unas dimensiones tan distintas de las que yo había imaginado! El espacio y el tiempo fundiéndose en la memoria. Las obras de arte me trajeron recuerdos de la vida de Degás, su dominio de las formas en movimiento y la ceguera que le llevó de la pintura a la escultura. Aquella tarde en São Paulo, todo quedaba al alcance de mi vista y de mi imaginación.

Esto fue a finales de la década de 1960. Estaba cursando el primer año de Bellas Artes y la visita semanal al MASP pasó a formar parte de mi rutina estudiantil. La entrada al museo era gratuita y siempre estaba vacío, por lo que podía entregarme a la contemplación.

Sin ninguna duda, los adolescentes brasileños de hoy en día no guardarán en sus recuerdos esta imagen de museos vacíos, ya que actualmente deben hacer cola para visitar cualquier exposición. 

Es innegable que nuestras infraestructuras culturales han experimentado un cambio considerable. Hoy no solo podemos disfrutar de frecuentes exposiciones de mejor calidad que las de antes, sino que además, las instalaciones de los museos y la difusión de la información también han mejorado. En la actualidad, la mayoría de las exposiciones ofrecen servicios educativos y visitar dichas exposiciones forma parte de las actividades de muchos centros educativos.

Sin embargo, las colas de alumnos y el número de autobuses escolares aparcados a las puertas de los museos no significa que hayamos resuelto el problema, sino, más bien, que nos hallamos ante un problema al que debemos prestar atención. 

No basta con llevar a los alumnos a ver exposiciones porque se nos haya dicho que es importante hacerlo. En primer lugar, es fundamental que esta clase de actividad forme parte del repertorio de un profesor, de modo que este, al igual que el viejo campesino calabrés, ya se haya visto reflejado en una sonrisa etrusca y, por lo tanto, sea consciente del valor que tiene contemplar una obra de arte para dejarse conmover por los tonos rojizos de una pintura o las curvas de una escultura. Además, es esencial que esté familiarizado con la Historia del Arte, si bien esto es mucho más fácil, puesto que estos conocimientos se pueden adquirir a través del estudio. Ahora bien, lo que realmente es indispensable es que el docente comprenda que el arte nos puede transportar hasta lugares de nuestro interior a los que no tenemos acceso de ningún otro modo.

Rilke describe con precisión este tipo de experiencias al referirse al poder de la música: «Yo que, ya de niño, desconfiaba tanto de la música (no porque me maravillase más que ninguna otra cosa, sino porque me daba cuenta de que en este viaje, no me dejaba donde me había encontrado, sino en un lugar más allá, adentrándose en lo infinito)…» [iii].

Compartir con los alumnos esas imágenes que nos transportan a sitios inolvidables puede enriquecer su visión del mundo, pero, más que eso, puede enseñarles cosas sobre sí mismos, sobre las infinitas posibilidades de crear y recrear sus vidas.

Mientras participaba en un encuentro organizado en el Centro Cultural de Diadema (una ciudad industrial situada en el extrarradio de São Paulo), oí que una niña de 12 años hacía el siguiente comentario: «Me he apuntado a un taller de Artes Plásticas y un día nuestro profesor nos llevó a visitar el MAC —y, volviéndose hacia la audiencia, explicó: el Museo de Arte Contemporáneo—. Cuando entré, pensé que no iba a entender nada, pero luego el profesor empezó a explicarnos las cosas y ¡me di cuenta de que era capaz de comprenderlo!».

El orgullo y confianza que irradiaba esta chiquilla me ayudaron a reflexionar sobre la importancia de la educación estética. Me hizo ver que una niño, aunque viviera en una zona desfavorecida del extrarradio de una ciudad, era capaz de comprender el discurso que tiempo atrás estaba reservado a una élite cultural, porque se le había educado para ello. Pero, por encima de todo, me enseñó la importancia de contar con un mediador atento y sensible, capaz de servirle de guía en este aprendizaje. Un mediador que dedicara a las obras de arte la misma atención que dedicaba al grupo de alumnos con el que estaba, prestando una minuciosa atención a sus preguntas y escuchando atentamente sus descubrimientos.

Cuando esto no sucede, corremos un gran riesgo: las visitas guiadas se pueden convertir en actividades estériles y carentes de significado, pueden resultar más confusas que instructivas.

Mientras observaba a un grupo de alumnos de cinco años de edad que estaban visitando una exposición, guiados por una educadora del museo, Maria Isabel Leite se encontró con la siguiente situación: la educadora del museo repetía constantemente el término «antaño», al mismo tiempo que demostraba tener un conocimiento tan profundo del pintor, que daba la impresión de que había llegado a conocerle. Entonces uno de los niños la interrumpió:

Niño: ¿Ha ido usted a «antaño»?

Educadora (sin prestar realmente atención a la pregunta): ? Sí… sí…

Un niño a otro niño: ? ¡Anda! ¡Tío! ¡¡¡Ha ido a «antaño»!!!

El niño responde: ? ¡Qué guay! [iv]



[i] Sampedro, J. L.: La sonrisa etrusca, Matins Fontes, São Paulo: 1998, p. 2.

[versión castellana extraída de: https://www.busateo.es/busateo/Biblioteca/S/S/Sampedro,%20Jose%20Luis%20-%20La%20sonrisa%20etrusca.pdf]

[ii] Sampedro, J. L.: ídem, pág. 5.

[versión castellana extraída de: https://www.busateo.es/busateo/Biblioteca/S/S/Sampedro,%20Jose%20Luis%20-%20La%20sonrisa%20etrusca.pdf]

[iii] Rilke, R. M.: Os Cadernos de Laurids Malte Bridge [Los cuadernos de Laurids Malte Bridge], Editora Nova Fronteira, Río de Janeiro: 1979, pp. 73-74.

[iv] Leite, M. I. P.: O que e como desenham as crianças? Refletindo sobre condições da produção cultural da infância, tesis doctoral, Unicamp, Campinas: 2001, p. 77.

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