Las escuelas como comunidades de aprendizaje

Un texto de Christopher Clouder, Director de la Plataforma Botín para la Innovación en Educación.

«El verdadero enemigo del hombre es la generalización», según una cita del poeta polaco Czelaw Milosz. De lo que tenemos que hablar es de individuos: hay que respetar lo que aporta cada persona y si generalizamos, que sea únicamente en la medida en que sea positivo para su individualidad. En los últimos años, la educación se ha convertido en una ingeniería más, aunque esto parece estar cambiando paulatinamente y tocando a su fin. Falta por ver si la causa de este cambio será la evolución o la revolución. En cualquier caso, esta transformación resulta especialmente evidente al trabajar con niños y a través del modo en que nosotros, como adultos, trabajamos juntos en la sociedad. Paulo Freire, autor de la obra Pedagogía del oprimido, destacó los dos extremos de la sociedad y la ciudadanía modernas: los acomodados y los oprimidos. Sabemos que la existencia humana solo puede nutrirse mediante la verdad. También sabemos que existir humanamente es denominar el mundo. Esto nos lleva a plantearnos lo siguiente: ¿cómo «denominar» las cosas del modo correcto? La forma en que lo hacemos es de suma importancia, ya que dar nombres puede cambiar las cosas y existen muchos nombres equivocados que pueden resultar negativos.

naming

Continuamente siguen entablándose luchas por conseguir la palabra correcta y es precisamente esta la labor del poeta: intentar dar nombre a las cosas de un modo veraz. En una reciente conferencia en Madrid se habló del «efecto tijera», en referencia a las similitudes entre la difícil situación de los menores de 24 años y de los mayores de 55. Una generación no tiene nada que hacer, ningún trabajo al que acudir; la otra está siendo marginada. Ambas se preguntan «¿cuál es mi función?,  ¿dónde puedo ser productivo?». Los jóvenes suelen tener en común su pobreza relativa, falta de trabajo y una educación inadecuada. Están excluidos de la sociedad incluso estando integrados tecnológicamente. Su situación agudiza la necesidad de reformar radicalmente la educación. Por ello, necesitamos un nuevo paradigma político, nuevas formas de cooperar, una política de la calle más que de despachos. La otra generación, la de los mayores de 55, sí está integrada en la sociedad, una integración que viene de la mano de su trabajo y su familia. Sin embargo, estas mismas posibilidades ya no están al alcance de muchas personas de las generaciones más jóvenes. El sistema educativo actual se limita simplemente a producir cada vez más licenciados sin empleo. Y esto supone tanto un reto como una oportunidad. La «primavera», a la imagen de la primavera árabe, podría rápidamente convertirse en otoño, una época de aridez y muerte. Los centros escolares están preparando a sus alumnos para afrontar un mundo diferente a aquel para el que estaban diseñados. La nueva generación tiene que crear su propia cohesión social y, por este motivo, es injusto educarla de la forma en que solía hacerse. Los recientes acontecimientos en Chile, donde grupos de alumnos tomaron el control de sus escuelas, no son sino la expresión del descontento y decepción con lo que la educación les ha ofrecido. Al mismo tiempo, en los países occidentales, hemos visto un cambio de paradigma real con la llegada de la primera generación, desde la guerra, que no podrá disfrutar un futuro con mayor prosperidad. En tanto que el antiguo modelo se desvanece, habrá quien se aferre a los viejos hábitos; por ejemplo, un ministro de educación británico declaró recientemente que «la educación emocional y social es espantosa». Tal actitud demuestra ignorar exactamente lo que nos hace humanos.

age of empathy

Esta debería ser la época de la empatía. El escritor Frans De Waal afirma que todos nacemos con la cualidad de la empatía, pero esa cualidad se destruye, en parte, debido a nuestra educación. La capacidad de sentir compasión es muy importante. La confianza es lo que más valoramos, pero los jóvenes ya no pueden confiar en su futuro: la confianza en el mundo de esta nueva generación está en peligro. De este modo, su atención se desvía hacia otras cosas que no les suponen una panacea duradera. De hecho, existe una conexión directa entre el crecimiento del consumo y el aumento de trastornos mentales. El 25% de los jóvenes del mundo desarrollado tienen un problema de salud mental identificable y el 10% sufre algún trastorno mental. Por esto mismo, ser profesor supone un gran reto, entre otras cosas porque estos trastornos generan comportamientos antisociales. Ahora los profesores tienen que ganarse el respeto de sus alumnos cada día; ya no puede darse por sentado. Una parte de este panorama se traduce en un tremendo aumento de los casos de depresión, especialmente en niños; las niñas parecen mostrar más resiliencia. Sin embargo, los niños tienen tendencia a retraerse y permanecer así, mientras que las niñas demuestran tener redes sociales que les proporcionan más apoyo.

depression

Un informe reciente de la UNESCO sobre la adolescencia ha reconocido que el enfoque contemporáneo se ha estado concentrando en la educación primaria. Es momento de que nos concentremos en la adolescencia y la juventud. Tenemos que recordarnos a nosotros mismos que los adolescentes son idealistas. Es importante mencionar que los movimientos actuales de protesta han estado orientados hacia las pensiones y el trabajo; no hemos visto que los niños protesten, porque no saben cómo, pero son ellos los que sufren cuando se recorta en programas de arte y se pierden las oportunidades de desarrollar su creatividad en entornos educativos ricos en artes. Estamos fabricando una bomba de relojería: les estamos arrebatando la oportunidad de jugar y de ser creativos y esto trae enormes consecuencias. Naturalmente, no todo son malas noticias. Ya se ha reconocido claramente que la educación de las niñas ayuda a reducir la pobreza, y que el inmenso descenso en la mortalidad infantil es un gran logro y un resultado directo de la Declaración de los derechos del niño de las Naciones Unidas.

Nos estamos desplazando desde el antiguo modelo de educación-como-ingeniería, diseñado para producir cualificaciones, hacia otro modelo basado en la educación del individuo y de sus competencias, uno mucho menos general y más individualizado. ¿Qué podemos hacer nosotros como profesores? Una investigación realizada en Ottawa, Canadá, demuestra que el mejor modo de mejorar la educación es que los profesores trabajen conjuntamente. No son las presiones externas ni las tablas comparativas las que incrementen el vigor de las normas, sino la colaboración de los profesores, asesorándose mutuamente y siendo conscientes del trabajo de sus compañeros. El siguiente paso es que las escuelas comiencen a aprender unas de otras y se transformen en comunidades profesionales de aprendizaje mediante la observación y la retroalimentación. Sabemos que los profesores aprenden y se desarrollan escuchando a los niños. Tenemos que estar interesados en los descubrimientos de los demás, ya que es de ahí de donde nace el entusiasmo. Los niños necesitan sentirse valorados como resultado de su escolarización y educación. Si sienten que se les valora, estarán mejor preparados para enfrenarse a los retos. Recortar el arte y la creatividad es un insulto a la naturaleza humana y a nuestros hijos.

Howard Gardner, en La mente disciplinada, hace hincapié en el hecho de que, dentro de nosotros, somos conscientes de que los índices que normalmente utilizamos para medir el éxito no son suficientes y que la educación trata en realidad del progreso desde el reconocimiento hasta la admiración, hasta un deseo de perseguir la verdad y, con ella, la belleza y la bondad. Este es el camino que nos ayudará a todos a abordar el problema actual de división social. Como colofón y recordatorio de la necesidad de involucrarnos en los retos y oportunidades a que nos enfrentemos, una cita del escritor ruso Yevgueni Yevtushenko: «Nuestros hijos no nos perdonarán lo que nosotros perdonemos».

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